miércoles, 11 de agosto de 2010

"BACARDÍ COLA"

   “La riqueza es el más mezquino y pequeño don que en este mundo puede conceder Dios a un hombre. Por eso nuestro Señor da de ordinario las riquezas a los mayores pollinos, que no saben apetecer otra cosa.”
(Martin Lutero, teólogo alemán 1483-1546)

   Hoy, que celebramos el día de las Susanas y las Filomenas y es el cumple de mi mujer, puede ser un gran día para escribir. Tengo puesto mi MP3, mi gran aliado cuando quiero dejar de oír gilipolleces o a gilipollas y cuando deseo evitar compras compulsivas en grandes almacenes o jugar al golf sin escuchar al Borja de turno hablando de sus negocios o para no escuchar Tele 5 – la gran cadena “cultural” televisiva, líder en “telemierda”, que está viendo mi hija en estos momentos -, justo al lado mi cigarrillo negro encendido y mi ron cola, sólo me falta saber sobre qué toca ahora hablar. Ya se me ocurrirá algo…

   Hablar de ricos y pobres es fácil, sobre todo cuando eres esto último. El problema es que no eres del todo rico ni del todo pobre; soy pobre respecto a políticos, banqueros y empresarios de turno, pero soy rico en cuanto me comparo con chabolistas, hondureños, mozambiqueños o como se diga, etc. En todo caso, no hablo sólo de dinero, hay otras abundancias y otras carencias más importantes. Es lo del camello y el ojo de la aguja, es ser un desgraciado aunque seas alcalde, director general, es ser tonto del culo a pesar de dirigir un ministerio. Hay tantos “pobreticos”… y luego están los “pobres de espíritu”.

   La clave está en saber cuánto dinero necesitas para ser feliz y adaptarte a eso. Yo, que he trabajado en la empresa privada y en la pública, he ganado más pasta que ahora en otros sitios pero mi nivel de felicidad bajaba cuanto más alta era mi nómina; esto es, ganas más pero disfrutas menos de tu mujer, de tus hijos, de tu tiempo libre y de tus amigos. Mi problema no es que gane poco, es que gasto mucho, por ejemplo: para qué queremos en mi casa cuatro móviles, dos televisiones, un portátil, internet, un coche, un teléfono fijo, tres equipos de música, un reproductor DVD, una Nintendo y… menos mal que no tenemos hipoteca (la reina de las ruinas del siglo XXI). Ya me lo dice mi mujer, que soy muy gastoso y que no tengo remedio; a veces, he tenido que dejar la tarjeta del cajero en casa para controlar mis compras compulsivas. Y los mayores consumidores en estos tiempos son… los niños; y no por culpa suya sino porque esos son los valores que les estamos inculcando. Compramos a los niños con chuches, con consolas, con dinero en efectivo, con la ropa de marca, con la camiseta del Málaga o del Madrid… queremos “tener” su cariño a base de pasta. Al final, el mejor juguete es otro niño, un amigo, una caja de cartón, un lápiz y un papel, su padre o su madre, cuando no hay un divorcio de por medio, y el mejor sitio para jugar… la calle o el campo o la playa.

   Aquí no hay moraleja: escribo para desahogarme y para hacer autocrítica, a ver si me aplico el cuento. Es como en los cursillos prematrimoniales que vengo impartiendo desde hace años: hablo de mí y algo de Dios, de mi matrimonio, de mis virtudes y de mis defectos y escucho los de los demás. El día que no sepa hacer autoevaluación, el día que crea que lo sé todo, el día que me crea bueno en algo… ese día habré “madurado”, habré muerto. Total, nos quedan tres días y “pa lo que me quea en el convento…”

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